Como sociedad, debemos ser garantía y, al mismo tiempo, contralor para que se aprueben los cambios urgentes que necesita nuestro sistema educativo.
La mitad de la adolescencia del país, o bien no cursa el nivel secundario, o bien abandona los estudios medios en forma temprana. Sólo 1 de cada 10 jóvenes concluye los estudios universitarios y sólo 1 de cada 100 proviene de los sectores más pobres.
Semejante radiografía de la decadencia educativa en la que se encuentra nuestro país fue realizada por el ministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, durante un encuentro que mantuvo con docentes y estudiantes de la Universidad de San Andrés (https://www.youtube.com/watch?v=NJtPk81VI3 U). Pero no fue todo. En esa charla, el funcionario se preguntó: "¿Cuántos ministros renunciaron porque la ley de educación no se cumple?", tras lo cual les pidió que le hicieran un juicio si él no hacía lo que tenía que hacer.
Es, sin dudas, un guante para ser recogido. Acostumbrados como hemos estado durante tantísimos años a vivir en una mentira permanente, teñida de eslóganes marquetineros de grandes proyectos educativos que, año tras año, se estrellaban con la realidad de los resultados de las pruebas nacionales y extranjeras, en las que quedaba expuesto el lamentable papel de nuestro grado de compromiso con la educación del país, la valiente invitación de Bullrich a contarle las costillas es, como mínimo, una señal de que las cosas podrían comenzar a cambiar.
Pero no se trata simplemente de poner en su única cabeza la responsabilidad del acierto o del error de una política, sino de transformarnos como sociedad en garantía de que los cambios necesarios en nuestro sistema de formación educativa habrán de respetarse, continuarse y corregirse cada vez que sea necesario. "Porque el sistema es de todos, no del Gobierno", ha dicho el ministro y le asiste la verdad.
Que prácticamente la mitad de la adolescencia esté marginada del sistema de enseñanza media es mucho más que un dato estadístico. Es un factor determinante para que se agraven las ya profundas diferencias sociales y económicas que padece buena parte de la población: es conocido que alrededor de un tercio de ella vive en la pobreza y en la indigencia. Ese dato era harto sabido por el gobierno anterior, que lo negaba, pero que ahora le conviene agitar para achacar los males preexistentes a quienes se hicieron cargo de la debacle en los últimos cinco meses y debieron tomar medidas extremas que, de haber podido, habrían evitado.
En aquella charla en la Universidad de San Andrés, Bullrich prometió volver a poner al maestro en el centro de la sociedad, con una adecuación salarial, capacitación y formación continuas. Es ése un punto clave pero, nuevamente, un aspecto cuya enunciación no se traduce automáticamente en hechos. La capacitación continua sugiere también evaluación de esas capacidades y es necesario recordar cuánta resistencia se ha planteado desde distintos sectores de los gremios docentes a que se concreten esas evaluaciones. No hay soluciones mágicas. Mucho menos, unilaterales.
Generar las exigencias de superación es tarea fundamental de los gobiernos promoviendo políticas públicas, pero también de una sociedad comprometida con uno de los aspectos más sagrados de su futuro: los jóvenes de hoy y de mañana.
LA NACION
Semejante radiografía de la decadencia educativa en la que se encuentra nuestro país fue realizada por el ministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, durante un encuentro que mantuvo con docentes y estudiantes de la Universidad de San Andrés (https://www.youtube.com/watch?v=NJtPk81VI3 U). Pero no fue todo. En esa charla, el funcionario se preguntó: "¿Cuántos ministros renunciaron porque la ley de educación no se cumple?", tras lo cual les pidió que le hicieran un juicio si él no hacía lo que tenía que hacer.
Es, sin dudas, un guante para ser recogido. Acostumbrados como hemos estado durante tantísimos años a vivir en una mentira permanente, teñida de eslóganes marquetineros de grandes proyectos educativos que, año tras año, se estrellaban con la realidad de los resultados de las pruebas nacionales y extranjeras, en las que quedaba expuesto el lamentable papel de nuestro grado de compromiso con la educación del país, la valiente invitación de Bullrich a contarle las costillas es, como mínimo, una señal de que las cosas podrían comenzar a cambiar.
Pero no se trata simplemente de poner en su única cabeza la responsabilidad del acierto o del error de una política, sino de transformarnos como sociedad en garantía de que los cambios necesarios en nuestro sistema de formación educativa habrán de respetarse, continuarse y corregirse cada vez que sea necesario. "Porque el sistema es de todos, no del Gobierno", ha dicho el ministro y le asiste la verdad.
Que prácticamente la mitad de la adolescencia esté marginada del sistema de enseñanza media es mucho más que un dato estadístico. Es un factor determinante para que se agraven las ya profundas diferencias sociales y económicas que padece buena parte de la población: es conocido que alrededor de un tercio de ella vive en la pobreza y en la indigencia. Ese dato era harto sabido por el gobierno anterior, que lo negaba, pero que ahora le conviene agitar para achacar los males preexistentes a quienes se hicieron cargo de la debacle en los últimos cinco meses y debieron tomar medidas extremas que, de haber podido, habrían evitado.
En aquella charla en la Universidad de San Andrés, Bullrich prometió volver a poner al maestro en el centro de la sociedad, con una adecuación salarial, capacitación y formación continuas. Es ése un punto clave pero, nuevamente, un aspecto cuya enunciación no se traduce automáticamente en hechos. La capacitación continua sugiere también evaluación de esas capacidades y es necesario recordar cuánta resistencia se ha planteado desde distintos sectores de los gremios docentes a que se concreten esas evaluaciones. No hay soluciones mágicas. Mucho menos, unilaterales.
Generar las exigencias de superación es tarea fundamental de los gobiernos promoviendo políticas públicas, pero también de una sociedad comprometida con uno de los aspectos más sagrados de su futuro: los jóvenes de hoy y de mañana.
LA NACION

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