Por Ernesto Tenembaum
Las primeras elecciones de este período democrático se realizaron en octubre de 1983 y, como se sabe, los dos principales candidatos eran Raúl Alfonsín e Ítalo Luder.
El primero proponía claramente que hubiera algún tipo de juicios –a las cúpulas, para empezar– por las atrocidades cometidas durante la dictadura militar. El segundo no: había respaldado la llamada ley de autoamnistía, un engendro jurídico aprobado por la última Junta para que todo quedara impune. En ese contexto, ocurrió algo extraño.
Algunos sectores que militaban a favor de que los militares terminaran presos empezaron a defender el voto a favor de Luder. Era algo inexplicable. Votaban contra lo que ellos mismos querían. El argumento era lineal: no se puede quedar lejos del peronismo, que es donde están las grandes mayorías. En esa línea se ubicaba, por ejemplo, el sector de la Juventud Peronista que se reivindicaba como heredera del peronismo de izquierda diezmado, primero por la Triple A y luego por los militares. También el Partido Comunista, por entonces, convocó a votar a aquellos que, abiertamente, proponían la impunidad, aunque pedía que cortaran boleta a favor de sus diputados.
Para quien debutaba en democracia, ese caso era sorprendente. Sin embargo, un recorrido un poco más amplio permite percibir que muchas veces algunos votantes eligen contra ellos mismos, a veces pese a los indicios claros de que eso va a ser así, y otras veces porque el candidato los traiciona. No es una excepción: es casi una regla. Tal vez el caso más dramático sea el que ocurrió en 1973. En octubre de ese año, la izquierda peronista –la JP, la Tendencia, los Montoneros– habían militado para que el pueblo votara a Juan Domingo Perón.
Era un voto suicida, en la versión más literal del término. Perón ya había dejado en claro lo que pensaba hacer con ellos durante la masacre de Ezeiza, cuando sus hombres de confianza le tendieron una trampa a la Juventud Peronista y los recibieron a tiros. YaJosé López Rega era ministro de Bienestar Social y armaba la Triple A. Los líderes de la Juventud Peronista sabían todo eso. Y, sin embargo, llamaron a votar por Perón. Algunos de los que, en los años siguientes, murieron a manos de la Triple A, sin dudas que lo hicieron: votaron contra su propia vida.
Votar contra uno mismo es un hecho más común de lo que se cree, en parte, porque al votar uno expresa una esperanza hacia alguien que, tal vez, no la merezca, o cuyo proyecto o sus pactos ocultos no conoce de manera acabada. Se trata de una decisión que, como la mayor parte de las decisiones humanas, se toma sin contar con información suficiente, con un alto grado de incertidumbre.
En 1989 ocurrió lo mismo. Un amplio sector de la izquierda decidió votar porCarlos Menem porque enfrente estaba el radical Eduardo Cesar Angeloz, que proponía un ajuste del gasto público. Era un voto extraño. Menem, por ejemplo, no ocultaba sus vínculos con Mohamed Alí Seineldín, el militar que encabezaba la rebelión contra la política de derechos humanos deAlfonsín. Cuando se le preguntaba qué haría con los militares presos era decididamente ambiguo. Había motivos para sospechar. ¿El contraargumento?
Que Menem era peronista. Y un peronista está controlado, no hace cualquier cosa. El peronismo nunca va a estar contra los trabajadores. Eso decían.
Después pasó lo que pasó.
Uno de los entusiastas menemistas era Gerardo Romano. En defensa suya, hay que decir que, rápidamente, empezó a criticar al gobierno que había votado. Se equivocó en el voto pero no quedó atado a esa equivocación y pataleó cuando lo creyó justo. Yo no podía ser clarividente, no tenía manera de saber que él nos iba a traicionar, explicó en estos días. Lo curioso es que, luego de haberla pifiado tanto, Romano habla ahora de su voto actual a Scioli como si estuviera completamente seguro. Se equivocó fiero entonces, pero no le parece que se pueda equivocar fiero dos veces. Y es raro, dada la manera tan habitual en que se repiten estas equivocaciones.
En todo caso, tampoco sería un defecto tan grande equivocarse aunque –una vez más– impacta la manera en que él –y muchos como él– combinan la autocomplacencia con el voto propio con el altisonante desprecio por el voto ajeno.
¿Sabían las personas de izquierda que votaron a De la Rúa para terminar con el menemismo lo que votaban cuando votaban a De la Rúa? ¿Se imaginaban los votantes de Dilma que la votaron para evitar el ajuste deAecio Neves, que Dilma designaría inmediatamente a un banquero como ministro de Economía e implementaría un ajuste tal vez más salvaje que su adversario? ¿Alguien imaginaba que después del voto a Cristina del 2007 estallaría el conflicto de la 125, cuando ella proponía en campaña la unidad del país, o que después de octubre del 2011 se instalaría el control de cambios, la campaña del vamos por todo, el acuerdo con Irán, la ley antiterrorista, o la designación de Milani? ¿Conocían quienes votaron la reelección de Felipe González que se venía el acuerdo con la OTAN a comienzos de los ochenta?
Más recientemente, ¿tenían alguna idea los griegos que votaron a Alexis Tsipras porque este resistiría el ajuste, que unas semanas después Tsipras los sorprendería con una batería de medidas contrarias a sus promesas? ¿Los votantes de Arturo Frondizi en 1958 sospechaban siquiera que su proyecto de desarrollo petrolero no sería contra sino en asociación con las empresas norteamericanas, lo contrario de lo que postulaba en campaña?
El domingo que viene la Argentina elige un nuevo presidente. Para ocupar el cargo se postulan dos personas cuya trayectoria y cuyas soluciones para los problemas actuales no parecen diferir demasiado, al menos desde el punto de vista ideológico. Seguramente hay quienes se identifican con Scioli porque es peronista, porque es lo más cercano al actual gobierno, porque les encanta Karina Rabolini, porque dice que no es kirchnerista o porque le parece que tiene mejores equipos.Hay otros que votan a Macri porque les habrá gustado el gobierno de la ciudad, o porque esperan que sea bien de derecha, o porque odian al kirchnerismo, o porque les parecieron bien sus gestiones en Boca o en la ciudad de Buenos Aires, o porque están hartos del pejotismo, o porque creen en una política económica más amable con los mercados financieros. Y hay otros que dudan.
Cualquier recorrido sobre la historia de los candidatos, la relación entre sus promesas y sus realizaciones, sugiere, en principio, ser cautos, no recomendar a otros que hagan cosas que ni siquiera uno está seguro de hacer. En general, los límites entre el bien y el mal, en la vida, suelen ser borrosos. En la política es aún peor. ¿Quién sabe, a estas alturas, cuáles son los límites de Macri o de Scioli, cuál es su capacidad real para gobernar un país, cuál es su nivel de pericia, de conocimiento, de patriotismo, de honestidad? Son, ambos, hombres de poder, muy experimentados, que han cambiado de opiniones muchas veces sobre temas muy importantes y que pueden volver a hacerlo, en un sentido y en el contrario, que han resistido ocho años de gobierno mientras el kirchnerismo les sacudía todo el tiempo la alfombra que pisaban.
¿Cómo se puede afirmar que la felicidad, o el desastre, están en su solo lado?
Es cierto que el próximo domingo, al votar, muchas personas querrán que se convalide el modelo vigente y muchas otras que se lo reemplace. Será un pronunciamiento sobre el pasado reciente. Pero eso no dirá demasiado respecto del futuro que comienza, que es más complicado de lo que ambos reconocen.
Tal vez lo más razonable, si uno tiene en cuenta la historia, sea no dramatizar. Y esperar. Con suerte, el elegido sorprenderá para bien. Tal vez sea un desastre. Y, en ese caso, la sociedad argentina, que está muy experimentada en estas cosas, explorará los mil caminos que existen en una democracia para protestar, convencer de que el camino del gobierno es horrible, manifestar su descontento y, dos años después, votar en contra.
No llorar antes de tiempo, ni más de lo necesario. Ni festejar antes de saber lo que ocurrirá.
O hacerlo.
Porque, finalmente, nadie tiene derecho a juzgar las razones por las que otros lloran o ríen: la necesidad de sufrir o entusiasmarse abreva en fuentes muy distintas a la razón.
Además, vida hay una sola.
Y el llanto y la risa son como un pedazo de pan: no se le niega a nadie.
Fuente: Revista 23

No hay comentarios:
Publicar un comentario